sábado, 10 de octubre de 2009

Varios relatos del entrañable Wimpi



El tipo nace en Montevideo y de joven se viene para Buenos Aires junto a su madre. Irrumpe en la prensa porteña bajo el apodo de "Wimpi" en 1946 y, según cuentan las portadas de ediciones viejas nunca reeditadas, causa conmoción y entusiasmo en los lectores porteños. Wimpi escribe un libro llamado El gusano loco y, aunque suena a erotismo vulgar o a libro infantil, es un extraño libro de ensayos o aguafuertes o narraciones o relatos o ideas o cosas. La virtud central en la obra de Wimpi es su humor: un humor sencillo y a la vez certero con frase como "El marido es la viruta de un novio" o "Se ha dicho que el hombre es hombre por la cabeza y por la mano. Lo es más, empero, por la mano que por la cabeza: hay muchos que no piensan, y lo mismo agarran. Y otros que únicamente piensan en agarrar.".
Otro aspecto que resalta en sus ensayos es una suerte de "filosofía barata", pero ¡atención! una filosofía barata entretenida e interesante (en el ensayo "Paradojas" escribe: "4: el tipo siempre dice que le puede pasar cualquier cosa y nunca está preparado para nada") Y a lo mejor, más que de filosofía barata habría que pensar en una filosofía de lo cotidiano ya que Wimpi es un tipo que se interesa en lo cotidiano. Uno de los mejores ensayos del libro se titula "Las veces en que el tipo "se queda helado"" y habla sobre un tipo que compra una heladera y no puede soportar el hecho de no saber si la luz del artefacto se apaga cuando la puerta se cierra.
Por otra parte, es un escritor que se relaciona con la sabiduría popular y la discute con humor: "Otros petisos dicen: -"La esencia viene en frascos chicos". La esencia viene en frascos chicos cuando es poca."; y también recae en los chistes mil veces escuchados: "Sin embargo, era tan petiso [Atila, el Huno], que cuando se le enfriaban los pies se ponía la bufanda.".
No sólo hay filosofía barata y sabiduría popular, Wimpi posee una obsesión con defender y valorar a los animales y por esa razón escribe ensayos como: "Función política y cultural de la rata" y "Contribución a un biografía reivindicatoria del caballo", amen de que escribe Cartas de animales donde diversos bicharracos le escriben al hombre recriminándole sus atropellos, le enseñan su valor histórico para la humanidad y acusan la utilización errónea de sus nombres a la hora de apodar (como el ganso que dice "Ocurre que cada uno de tu especie zoológica comete un disparate importante su prójimo le atribuye a otra especie para eludir ustedes la responsabilidad de la inauguración."). En "Función...de la rata" deduce las siguientes consecuencias de la existencia de la rata: el cumplido "¡salud!" frente al estornudo; la cuarentena; el Decamerón; la difusión del inglés; y el Imperio Británico.
Por último, Wimpi utiliza anécdotas históricas y literarias para sustentar sus ideas y, por un lado, rellena sus textos de información interesante y que se puede tener por "válida" y, por otro lado, produce una lectura amena e interesante. En "Cuando se oiga la tortilla" sostiene la posibilidad de que en un futuro se pueda comer sin estar comiendo verdaderamente ya que el profesor Platonov hizo experimentos con seres humanos desarrollando los reflejos condicionados y logrando que los pacientes creyeran estar tomando agua cuando él les decía "Están tomando agua".
Wimpi es un escritor que entretiene y a su vez sorprende. A lo mejor no posee el rigor que debería tener un ensayista pero sus textos contienen anécdotas interesantes, frases ingeniosas e ideas que aunque parecen obvias o bobas, llaman la atención. Recomiendo la lectura de cualquiera de los libros del amigo Wimpi, en particular de El gusano loco.
Bibliografía: Wimpi, El gusano loco, Buenos Aires, Borocaba, 1953.
Wimpi, Cartas de animales, Buenos Aires, Freeland, 1973.



PROSAPIA


UNO bien sabe que no es lo mismo un hijo de Congreve que un hijo de caballo de jardinera. Pero sabe, asimismo, que ninguno de los hijos de Botafogo sirvió para nada... De manera que la regla tiene sus excepciones. El pedigree -o linaje o prosapia, que se dice en nuestra especie- es otra de las cosas que se demuestran andando. Es de balde que el tipo proclame la ilustreza de su progenie, si no alcanza a destacarla en el gesto, en la palabra, en la tentativa, en el paso, en la intención. Tan difícil resulta mantener armónico y grave -con brillo y con gracia-el cuadro de una fineza, que la sola circunstancia de reconocer, quien lo ofrece, esa fineza, ya desluce y empastela.
La "calidad" trasciende del ángulo de una reverencia, de la naturalidad de una gallardía o de la salvación de una sonrisa.
La "clase" se manifiesta en el rechazo de las ventajas, en la mesura del denuesto, en la dignidad del desafío.
Siempre, los caballeros alcanzaron la espada que se le cayó al adversario, sin dejar de sonreír y tomándola por la punta.
Surge pues, una señoría, tanto de la entraña de un afecto como de la forma de un reto.
El tipo no suele tener en cuenta nada de eso, empero.
Adopta dos actitudes clásicas ante la noción de aristocracia: o la niega terminantemente -desde una actitud en la que se mezclan la incomprensión y el resentimiento- o trata de aparecer como un ejemplo ilustrativo de aquella noción, remitiéndose al nombre de sus antepasados. Y, a veces, neciamente, a la jerarquía de su empleo.
Hincha el pecho el tipo, como cuando se ajusta los tiradores y dice:
-Porque mi bisabuelo, que "ya era un señor..."
La gente cretina lo oye y opina:
-Familia muy antigua. "Viene" de los abuelos.
Como si las demás familias hubieran prendido de gajo.
Pero el tipo inteligente opina, antes bien:
-¡Pensar que este señor es como la zanahoria! Lo único que sirve lo tiene bajo tierra.
Ante la imposibilidad de conseguir no recuerda ahora uno qué cosa le aconsejó un amigo a cierto sujeto, realmente importante:
-Diles quién eres. Si les dicen quién eres, la conseguirás.
Y el otro repuso -justamente porque había llegado hasta acá, procedente de los abuelos, sin perder nada en el camino:
-Si tengo que decirles quién soy, entonces no soy nadie.



EL HOMBRE, LA MOSCA Y EL SOBRETODO



El hombre se parece en muchas cosas a la mosca: a veces molesta, a veces le gusta la nata, a veces se para donde no debe y a veces lo cazan.
Pero en otras cosas, no se parece.
Por ejemplo: la mosca en invierno queda como azonzada, porque la velocidad de sus reacciones orgánicas está condicionada por la temperatura exterior. Quiere decir que la mosca tiene en su cuerpo el calor. A eso se le llama termogénesis.
El hombre se guarda a sí mismo. Produce su propia temperatura.
La ropa de abrigo sólo le sirve para retener el calor que él se elaboró. El abrigo no es una calefacción, es una tapa. No da el calor que el hombre necesita, se limita a no dejar escapar el que el hombre mismo se hace.
El hombre, pues, trabaja ocho horas a fin de ganar el pan -y los bifes, las papas, los choclos, el estofado- que han de servirle para mantener esa temperatura. Durante el día escribe a máquina, lleva libros, hace mandados, habla por teléfono, cruza calles, lo pisan, va a los bancos, corre taxímetros, empuja; todo para que no le falte su sopa de arroz, sus milanesas, su tortilla, su queso y dulce, imprescindibles para que el medio interior no se congele.
Y, luego, debe sacar de eso —del dinero destinado a la adquisición de combustibles— para comprar un sobretodo que no lo calienta, sino que lo deja enfriar.
Y cuando, después de tantas andanzas y sacrificios, se pone el sobretodo, ¡ tiene, por medio de la termogénesis, que calentarlo él!
Por eso es que hay tan poca gente que conserva su sangre fría.





CASOS DE “ JETTA”



De pronto entra, uno, al hotel de postín y observa evidentes signos de progreso: cristalería de Bohemia, baño individual, cubiertos para espárragos, cubiertos para caracoles. Piensa uno que antes el tipo bebía el vino en un jarro, se bañaba en una tina, chupaba los espárragos y comía los caracoles con un alambre. Sin embargo, amigos, en el mismo hotel donde los clientes exigen esas obtenciones del progreso, no hay ningún cliente que se sienta cómodo en la habitación número 13. Esto significaría que el tipo progresó solamente en la forma de bañarse y de comer los espárragos. Nadie sabe por qué se le tiene miedo al 13. Se pensó que podía ser porque eran 13 los comensales de la última cena. Pero, después, quedó demostrado que siglos antes de Cristo los antiguos egipcios ya le temían a este número. La superstición del martes como día aciago viene de una batalla librada en España hace 7 siglos. Era rey don Jaime I El Conquistador, pero como estaba enfermo mandó a sus capitanes a Luxen, para que contuvieran a la hueste mora.
Y allí en Luxen, el martes 27 de julio de 1276, los moros le hicieron sufrir a valencianos y aragoneses un descalabro espantoso. Y quedó en España el martes como día aciago por eso. Y se empezó a decir: en martes ni te cases ni te embarques... La desgracia había sido guerrera, pero siempre se parecieron el casamiento y la guerra, por eso se juntaron las dos cosas en el mismo refrán.
Ustedes observen que el tipo estudia, medita, evoluciona, llega a ser un encanto para sus amigos, una gloria para su país, un banco para su mujer y, sin embargo... toca madera cuando oye hablar de paperas, cree en los tipos que traen "jetta" -que hacen mal de ojo- y cuando los ve acercar monta un dedo arriba de otro o hace los cuernos para abajo. Y es un tipo inteligente el que hace eso, amigos. Capaz de ganar la pregunta de los 20.000 pesos.
Nos conocemos poco, ¿eh? No sabemos nada de nosotros mismos. ¿Por qué hacemos dibujos con un lápiz cuando hablamos por teléfono? ¿Por qué hacemos pequeños animalitos de miga durante la conversación de sobremesa? ¿Por qué de repente nos preguntan una cosa y contestamos otra? Distracción. Pero la distracción no quiere decir que el pensamiento no funcione; porque el pensamiento no cesa nunca. Lo que ocurre es que cuando estamos distraídos, el pensamiento está en otra cosa que en aquello que hacemos.
Recién el día que sepamos dónde está, dentro de nosotros -en qué abismo, en qué cueva, en qué encrucijada- ese pensamiento, cuando no está donde lo necesitamos recién ese día amigos, vamos a poder escuchar sin reírnos a la gente que habla en serio. Poner el sombrero arriba de la cama, también trae "jetta". La explicación de esta superstición es complicada y ridícula. Dicen que el sombrero se usa para salir y que la cama es un sitio donde el hombre está acostado. El hombre mientras está vivo, siempre sale de su casa a pie. Sólo cuando está muerto sale acostado.
Entonces vincular esas dos cosas: el Sombrero, que es lo que usa el tipo para salir, con la cama, que es donde el tipo está acostado, dicen que precipita el momento en que saquen al tipo de la casa con los pies para adelante.
Pasar por debajo de una escalera es yeta porque antes se consideraba al triángulo una figura sagrada. Y una escalera siempre forma un triángulo: cuando está parada en sus dos ramas, un triángulo isósceles, cuando está apoyada contra la pared un triángulo rectángulo; pasar por debajo de una escalera se consideraba "jetta" porque se rompe, se invade, se traspasa, se viola una figura sagrada. Sin embargo la única "jetta" que puede demostrarse en este caso es la que toca al tipo que pasa por debajo de la escalera cuando le cae encima el martillo del electricista o el balde del pintor.
El tipo se va impresionado por aquello que cree y, entonces, queda con el ánimo predispuesto para que le ocurra realmente lo que empezó a temer que le ocurriese. Menos mal, amigos que con poco nos afligimos, pero con poco también nos consolamos, porque tres marineros, un gato negro, una mariposa blanca, un grillo..., un trébol, una herradura, un carro de pasto... nos ponen contentos. Lo mismo que pone contento a un caballo -un carro de pasto- nos pone contentos a nosotros.
Y hay pesimistas que, dicen que, si a pesar de que las herraduras colgadas en la casa traen suerte y a pesar de que los caballos pierden herraduras a cada rato el tipo pocas veces tiene herraduras colgadas en la casa ... es porque las necesita para usarlas él. Pero debe ser mentira. Y aunque fuera verdad, siempre será preferible calzarse como un caballo que pensar como un lagarto.
No es feliz él que no quiere.



LA NUCA



El castellano tiene posibilidades insólitas. Uno puede decir en castellano con todo derecho: "Cocearete el colodrillo de tal suerte que restarás zangolotino". (Qué bonito, eh! ¿Saben lo que quiere decir? Quiere decir: Te Voy a dar una patada en la nuca que vas a quedar zonzo. Zangolotino, en efecto, que viene de zangolotear —y zangolotear es moverse de un lado a otro desatinadamente— se les llama a los muchachos que siguen con sus hábitos de niños o que en la casa se les hace seguir: son ésos que les dejan el pelo largo, con rulos, hasta los seis años, que toman mamadera hasta los siete y que después, claro, se chupan el dedo por el resto de su vida. Colodrillo, que viene de cogote, es la nuca. Hoy vino uno dispuesto a hablar de la nuca, amigos. O sea del contrafuerte del coco. Coco es uno de los nombres familiares del mate y de tal manera aceptado por el consenso unánime que la Academia llama cocosa a la persona que anda mal de la cabeza. La nuca es una de las cosas más necesarias del mundo. Porque sin nuca el tipo no podría acostarse boca arriba. Y. si el tipo se acostara siempre boca abajo, quedaría ñato y con la punta de los píes torcidas para arriba y si siempre se acostara de costado, quedaría desparejo.
Uno no es nadie, amigos, como más de cuatro, aunque sabe que cualquiera puede considerarse igual a otro y más también, pero no esta de acuerdo con la etimología que aceptaron los eruditos para la palabra, “nuca". Dicen que nuca viene del árabe “nuja'a", que significa médula espinal. Sin embargo debiera estudiarse si no puede venir de núcula, que en latín es diminutivo de nux: nuez. Porque una cabeza se parecerá a un melón o a un coco, por fuera; pero considerada en su totalidad, por fuera y por dentro, a lo que más se parece es, a la nuez. Además, tanto la cabeza como la nuez, sirven para dar el pesto cuando se las pisa.
La nuca es una de las cosas menos estudiadas, amigos. Mucho menos que la cara, por ejemplo. Siempre hubo más careros que nuqueros. Y, sin embargo, la teoría de la expresión, la fisiognomía, no debiera descuidar a la nuca como elemento capaz de aportar más de un dato ilustrativo acerca del carácter del tipo y sus modalidades en las que exteriormente se manifiesta.
Por otra parte le ha resultado siempre mucho más fácil observar nucas que observar rostros. Porque si uno mira fijo a otro para estudiarlo, llega un momento en que el otro se molesta y empieza con el "quilay". Y ya quiere pelear porque uno lo mira... "Escuche, señor, mire que se trata de un estudio". "Ma qué estudio", usted me miraba, ¡cómo! En cambio uno va sentado en el ómnibus y tiene dos nucas adelante en las que puede detenerse cuanto se le ocurra.
No es que se puedan hacer gestos con la nuca, pero su hierática apariencia no es obstáculo para que, analizada minuciosamente, nos dé la nuca por lo menos una noción de su impresionante diversidad. Es muy difícil encontrar dos nucas iguales. La forma de la nuca depende de la forma de la cabeza, e incluso del volumen del pescuezo. Pero ¿a todos los gordos se le forma el mismo número de rollos en el mismo sitio? No. ¿Todos los llamados cráneos ovoides —en una palabra: cabeza de huevo— tienen la nuca igual? No. Entonces, hay que estudiar, amigos. El tipo braquicéfalo, de cabeza redondita y pareja —ese tipo de cabeza que cuando le cortan el pelo a la americana parece que quedara de boina— tiene la nuca corta y peladita, lisa, suave. En cambio el tipo delicocéfalo, de cabeza alta —ese tipo de cabeza que con el sombrero encasquetado hasta los ojos y la bufanda, subida basta la pera, todavía deja ver medio metro de cara— tiene una nuca sarmentosa con los músculos espléndidos—que sirven para estirar el pescuezo, para inclinarlo y dar vuelta la cabeza— recios y salidos.
Pero hay dos tipos de nuca muy interesantes, amigos: la nuca gorda y la nuca correspondiente a la cabeza ovoidea. La cabeza ovoidea, mirada desde arriba, según el método llamado de "La norma vertícalis" de Blumenbach —que es como mirarla desde un balcón— tiene forma de pelota de rugby; es una cabeza más bien angosta, pero, entonces, con una distancia apreciable entre la frente y la nuca. Cuando el tipo se peina con raya al medio, la raya parece una carretera observada con el método de Blumenbach. Pero está la única nuca que hay que mirar de perfil, porque sus características están determinadas por la parte de cabeza que le sobresale arriba. Hay cabezas que sobresalen en forma de culata de voiturette por arriba de la nuca; entonces, mirada de perfil, asistimos al espectáculo de una nuca con techo. Pero cuando la cabeza sobresale en forma de torpedo, afinándose, entonces es, sin duda alguna, una nuca con mango.
La persona nucuda, de nuca suculenta, es la que tiene la nuca dividida en rollos.
Cuando la nuca de este modelo va acompañada, adelante, de mucha papada, uno mira al tipo de perfil y parece que tuviera la cabeza servida en un plato. Y cuando el tipo con esa nuca, se deja la pelusa, parece que anduviera de bufanda.
Este es el principio, nomás, amigos. Ahora, la gente capaz, tendría que seguir adelante y confeccionar el primer tratado, siquiera elemental, de nucología. Porque siempre es ventajoso saber cómo es el tipo antes de dejarlo dar vuelta ¿no es cierto?



QUE DIAS SERÁN ESTOS



SE cumplen hoy 1999 años de aquello...
Cuentan que llegaban los caravaneros del desierto con las voces agitadas, las miradas azoradas y los camellos jadeantes a clamar que era, aquél, un día inusitado sobre la tierra.
Y venían los hombres de todas las direcciones agitando palmas y diciendo en sus corazones palabras de bendición. Decían que andaban los gavilanes por el cielo volando en parejas con las palomas, y que estaban echados juntos al lado de las casas los lobos con las ovejas. Y que los ricos se acercaban a los pobres y les tendían las manos. Uno de los caminantes dijo: Yo he visto con estos ojos míos que un pobre le fue a pedir a un rico cierto fuego que precisaba, porque la mujer había tenido un hijo en la choza miserable y estaba poco menos que muriéndose de frío! Y el rico le señaló el hogar que ardía y le dijo: Toma de ahí lo que quieras. Y el pobre recogió las brasas con las manos como si hubiesen sido nueces, y se las puso en la capa raída para llevarla a su casa. Y ni se quemó las manos ni se quemó la capa... Y, además el rico lo había acompañado hasta la puerta y lo había despedido deseándole la buenaventura, con un beso en la cara y con la mano en alto. Qué días serán éstos, preguntaban los caravaneros y los caminantes asombrados, qué días serán éstos que ni quema el fuego las manos, ni les hacen daño los lobos a las ovejas, ni los gavilanes a las palomas, ni los ricos a los pobres!
Y no acertaban a explicárselo. Pero, allá más lejos, en un sitio pequeño de la tierra, había nacido un niño que iba a tener tan grande significado en la historia del mundo. Y era por eso, por el advenimiento auspicioso, que los hombres y las cosas se habían puesto buenos y que había en el aire como una fragancia de higueras retoñadas y de pámpanos nuevos y de tierra mullida. El llegaba a clavarse como un hito, haciendo resonar palabras únicas más allá del dintel del mundo antiguo. Sin embargo bien pronto los hombres se olvidaron del sentido de su presencia, de la gracia de su misión, de la esencia de su mensaje, del significado de su prédica. Y rechazaron en el fondo sus corazones, que todavía no merecían ser salvados, la merced de su ejemplo y la lección de su fervor.
Pero... es tan lindo recordar, ahora, en este mundo que tiembla de sustos y que arde de enconos, aquel día tan viejo en que llegaban los caravaneros del desierto con las voces agitadas, las miradas azoradas y los camellos jadeantes a decir: qué días serán éstos en que todos los hombres y todas las cosas se han vuelto tan buenos!



SIGNIFICADO Y NECESIDAD DE LA RISA



Nunca pudo uno olvidar unos versitos de encantadora sencillez, al parecer muy humildes, que escuchó hace mucho, ya. Al tiempo de ofrecer un enamorado las flores recogidas en lo alto de la montaña, le decía a la mujer bien querida: "Yo las más altas quería /ya trepar las sierras fui /que si en las cumbres había / de las cumbres las traería /puesto eran para ti".
Al parecer muy humildes y, sin embargo, hay en eso una como exaltación heroica del propio yo, que es lo que le trasmite importancia a la ofrenda. Aun en la esfera del amor, -y amor consiste en la entrega más cándida y total- el yo prevalece significativamente sobre todo lo demás. Recuerden ustedes lo de "Yo he de traerte rendidos / diez corazones heridos / en el razón suspendidos / de mi caballo alazán". Siempre el yo, el personaje principal. Cuando antiguo caballero había matado a veinte para dejarse libre el camino hacia los pies de su dama, al hincarse ante ella y decirle, como le decía "perdonad, señora, si fueron tan pocos", no conseguía, no con eso, disimular su fanfarronería; cualquiera habría adivinado que él, por dentro, pensaba "¡no te das cuenta que soy un fenómeno!". George Simmel, en un libro titulado "La intuición de la vida", que rezuma pensamiento y sentidos, va más lejos en la exposición de la experiencia de propiedad: En vez de hablar de la propiedad de un mérito (propiedad que se concede para reafirmar su propio yo, el que alude a su hazaña) Simmel habla de la propiedad de una pelota. Y pone a un niño, como protagonista del ejemplo, porque en el niño no está enmascarada la estridente afirmación del yo. El niño es el dueño de la pelota y otro niño desconocido quiere recogerla del suelo para jugar con ella. El dueño de la pelota gritará entonces, sin disimulo alguno: "Esa pelota es mía".
Aparece el yo en su presencia global e inespecificable. Inespecificable, porque no podría decirse que el yo es la suma de un cuerpo, de unas manos, de unas piernas, de una cabellera, de unas vísceras.
El yo es otra cosa total, ante el que tanto los psicólogos como los filósofos se han visto traicionados por el lenguaje cuando quisieron definirlo.
Pero lo importante es que el niño de la pelota no se aparta de la afirmación de su propio yo ni aún cuándo resuelve prestársela al otro: "Yo te presto esta pelota que es mía, pero sabe bien que soy yo quien te la presta, porque quiero, y que yo puedo quitártela en cualquier momento si me da la gana".
Quiere uno evitar en lo posible las citas de los tratadistas del yo, desde Freud a Gabriel Marcel, para tratar de facilitar, también en lo posible, una noción que resulta absolutamente necesaria a esta altura del tema.
Hay que distinguir muy bien entre el "yo" y el "mi". "Mi" dolor de cabeza me duele a mí, pero no es el yo. Además, el "yo" no es una cosa como no es, tampoco, una cosa el tú. Se ha establecido una diferencia fundamental entre el yo, el tu y el eso. El tú, sólo llega a ser eso, cuando se transforma en objeto de observación. En cosa. Diríase que hasta en la conversación corriente surge esa diferencia ya que cuando uno, al referirse a otro, dice "ése", hay siempre, en "ése", sino una intención por lo menos un inevitable tono despectivo. Porque el eso, es la cosa.
Referirse a otro diciendo "ése", parecería que consistiera hasta en quitarle su condición de prójimo.
El yo no es una suma de elementos, es una realización constante. Es una unidad mantenida, que asume el pasado y se sitúa frente al futuro. El yo es la mismidad.
Aquel filósofo místico alemán Enrique Eckart, llamado "el maestro Eckart" -una especie de Hegel católico- escribió algo una vez que puede ilustrar lo que uno acaba de decir. Eso de Eckart es así: "El que yo sea un hombre eso lo comparto con otro hombre. El que vea y oiga y el que coma y beba, es lo que por igual hacen todos los animales. Pero el que yo sea yo, es mío exclusivamente y me pertenece ya nadie más, a ningún otro hombre".
El hombre -su alma- así uno solo, irreemplazable, único, se encuentra, empero, frente al eso, que son las cosas y frente al tú, que es el prójimo. Veamos primero la posición del hombre frente a las cosas. Cada una tiene su valor. La manera más sencilla en que puede definirse al valor, es decir que valor es la propiedad que tienen las cosas deseadas.
Las cosas no vienen hacia el hombre, es el hombre quien va hacia ellas. Y no se adapta a la ausencia de las cosas deseadas, de su vida. El modo de adaptación del animal a su mundo, permanece siempre inalterable, si el instinto del animal no es, en un momento dado, apto para ajustarse con éxito a los cambios del ambiente, la especie se extingue. El animal es una parte fija e invariable de su mundo: su alternativa es la de adaptarse o morir; El hombre surge en el mundo, en cambio, dotado de nuevas cualidades que lo diferencian fundamentalmente del animal: el hombre se advierte a sí mismo como una entidad separada, recuerda el pasado, vislumbra el futuro, con la imaginación llega más allá del alcance de sus sentidos.
El hombre es para Heidegger y para Jaspers un "poder ser", un impulso, un salto, un ser por delante de sí. Es a ese movimiento qué los existencialistas le llaman la "trascendencia" del hombre. La conciencia de sí mismo, la razón y la imaginación, han roto la armonía con el ambiente que caracteriza la existencia animal.
Bien dice Erich Fromm en su libro titulado "Etica y psicoanálisis" que esa conciencia de sí mismo, esa razón y esa imaginación, han hecho del hombre una anomalía, una extravagancia del universo.
Es parte de la naturaleza, sujeto a sus leyes físicas e incapaz de modificarlas y, sin embargo, trasciende al resto de la Naturaleza. Lanzado a este mundo en un lugar y tiempo accidentales, está obligado a salir de él también accidentalmente. Teniendo conciencia de sí mismo, se da cuenta de su impotencia y de sus limitaciones. Volviendo al citado libro de Fromm, ha recogido uno, de él, una observación interesante: lo mismo que hizo la bendición del hombre, lo mismo que lo hizo amo de la Creación con respecto a los demás animales, constituyó su maldición. Esto que vamos a repetir de Sartre, parece complicado; pero no lo es: el hombre, aunque todavía no sea lo qué será, ya es, en el momento, más de lo que es. Porque la imaginación le hace saltar sobre su límite y, antes de haberse realizado, ya encuentra otro límite más adelante.
Parece un juego de palabras esto otro que dice Sartre y, sin embargo, si piensan ustedes un poco, lo encontrarán oscuro, sí, pero transparente, como un negro envuelto en celofán: el hombre es el ser que no es lo que es y es lo que no es.
Ahora veamos en qué forma se ve enfrentado con las cosas. Uno cree, que los hombres no están en desacuerdo entre ellos porque quieran cosas distintas sino precisamente, porque quieren las mismas: o el mismo cargo o la misma butaca o el mismo petróleo o la misma mujer. Habría que insistir un poco acá en las diferencias que hay entre el aspirar y el querer.
Entre el anhelar y el desear. Las cosas tienen una categoría, la diferencia de categorías de las cosas son los valores: el hombre se sitúa frente a esos valores.
Y escoge. Y bien, cuando la gana se formaliza en actitud, el hombre quiere; cuando el anhelo se diluye en sueño, el hombre aspira. Hace notar Beck -y no tiene uno más remedio que volver a alguien con más autoridad para reafirmar lo que dice- que aun el gesto exterior del que quiere -la tensión, el vigor, la rapidez de los movimientos- contrasta con el exterior del que sólo aspira, del que sólo anhela: el que quiere tiene poder sobre sí mismo, el que sólo anhela se deja ir. Además, el querer no puede sino dirigirse a algo posible; pero puede anhelarse algo imposible, utópico, fantástico.
El yo que aspira, se anticipa vagamente la posesión de lo aspirado en el aspirar mismo; el yo que quiere buscar lo que quiere y lo agarra con fuerza. El hombre que quiere, para emplear el lenguaje más corriente, "va derecho viejo", el hombre que aspira, es aquel del que se dice que "no sabe lo que quiere". Y bien: debemos reconocer que siempre ha sido mayor en el mundo el número de los que no saben lo que quieren, que el de los que pudieron conseguir lo que querían.
Los que habían querido una cosa y no pudieron obtenerla porque les fue arrebatada, transforman el querer preciso, en un vago aspirar; pero sin duda alguno, quedan resentidos. Los que obtuvieron la cosa, por lo general deben engañarse a sí mismos, simular ante los demás y enmascararse para comparecer ante la propia conciencia, es el deguismán, el disfraz de que habla Adler. Y también quedan resentidos. En ambos casos hay una represión violenta. Dice Scheler que el resentimiento es un "re sentir".
Un volver a sentir. Quizás la palabra "rencor" fuese la más apropiada para indicar él elemento fundamental de este movimiento dé hostilidad que es el resentimiento. El resentimiento es una autointoxicación psíquica; es una actitud permanente que surge al ser reprimidas sistemáticamente las descargas de ciertas emociones las cuales son en sí normales y pertenecen al estilo, al fondo de la naturaleza humana. Pero el hombre reprime la descarga de esas emociones que suscitan en él la lucha con las cosas, y la lucha con el prójimo por las cosas, por seguridad personal como se dijo con anterioridad. Además, se ha visto que el hombre es, de entre todos los animales, el de más difícil adaptación, el menos conformable. Quiere una cosa y quiere, al mismo tiempo, que sea esa y no otra. Cuando fracasa en la demanda, se indigna y reprime su emoción. Así sé va formalizando aquella actitud de resentimiento. (Ya dijo uno, que cuando cita a los sabios no es de ninguna manera, por la pobre vanidad de hacer ver que los ha leído, los cita antes bien para no pasar por demasiado modesto atribuyéndose, uno, lo que ellos dijeron). Y bien: viene a quedar confirmada la teoría de que la risa tiene su origen en el resentimiento -en la descarga del resentimiento ante la degradación de un valor- viene a quedar eso confirmado en uno de los pocos descubrimientos que se han hecho sobre el origen de los juicios morales de valor, y que es el de Federico Nietzsche cuando dice, en "Genealogía de la Moral", que el resentimiento es una fuente de tales juicios de valor.
Y la risa, como se ha dicho en el segundo capítulo, es un juicio de valor negativo. Es un juicio de valor negativo: porque es la sanción, diremos así, de una desvalorización.
Algo que pudo uno, observar personalmente es que los estallidos de furor no llegan a neutralizar el resentimiento moral del tipo. Siempre queda la raíz del resentimiento intacta, de la que vuelve a nacer la actitud psíquica permanente a la que antes nos habíamos referido; Ortega y Gasset habló una vez de la funcionalidad simbólica. Es esa actitud de descargar en una cosa el estrilo que ha producido otra. Al hombre lo atropellan por la calle, le hacen caer el portafolio y cuando el otro le pide los famosos mil perdones, el hombre responde con el también famoso "no es nada". Pero cuando llega a la casa le da un puntapié al perro, que fue a recibirlo, contesta mal al saludo de la familia, come sin hablar, protesta por la comida y, todavía, al día siguiente en el baño mientras se afeita palabrotea solo, mirándose al espejo, contra el que lo había atropellado. Pero eso no es suficiente para curar al tipo del resentimiento. Son muchas las cosas que debe callar un día tras otro; el hábito no consigue sino muy por fuera avezar al hombre en su lucha contra la permanente hostilidad del medio. En lo hondo queda el resabio de lo que se padece y de lo que se aguanta. Habíamos dicho antes que correspondían, asimismo, dos palabras –luego de estas sobre el hombre ante las cosas- referentes al hombre frente a su prójimo. Cree uno que a pesar de haber sido prolijamente estudiado lo que Heidegger llama en alemán mit sein, coexistencia o "ser con otros", no se dijo nada aún de la mirada del otro, como productora de resentimiento.
La mirada no es "una cosa" como todo lo demás que se le ve al tipo. La mirada es la aparición del espíritu bajo una forma concreta.
Es la mirada del otro lo que determina, casi exclusivamente, las reacciones del tipo. Aquel que habló del impudor de los cadáveres quiso señalar la indiferencia de un cuerpo, en cuanto cuerpo, a la presencia de la mirada.
Hace notar Vicente Fatone, en un libro sobre existencialismo y libertad creadora, que incluso la imaginada mirada de un retrato o ante el recuerdo de una mirada, hacen nacer en el tipo el pudor. Hay una coplita de Manuel Machado que dice: "El ojo que ves no es -ojo porque tú lo miras- es ojo porque te ve". Pero todos, yo y el otro, podemos decir lo mismo. De manera qué lo principal es la mirada. La mirada del otro desnuda y esclavizada, sorprende y descubre. La mirada del otro consigue tomar un punto de vista sobre el tipo, cosa que el tipo no puede hacer consigo mismo. Se le ocurre a uno ahora que ya los primitivos presentían algo de esto que ahora se analiza con tanto apasionamiento por parte de también tantos investigadores, porque creían que la mirada del otro dañaba. Antes de la superstición del mal de ojo, ya se admitía que la mirada podía comer una presencia. De ahí que estuviera prohibido mirar a ciertos jefes del clan. La mirada del otro convierte al tipo en objeto, por eso es que a nadie le gusta ser mirado por el otro. Más bien ser "observado" por el otro. El que sólo miraba -si es que alguien miraba sólo mira sin observar en absoluto- está situado como un Adán, ingenuamente, inocentemente ante los demás. Pero el que observa hiere. El que observa se apodera del observado, cuando el observado advierte que le observan.
Pero no puede protestar, no puede entablar querella alguna porque a su vez, él, sólo en la mirada del otro encuentra al otro. Y en el otro, observado, se despiertan, allá en el fondo último, las mismas reacciones que en el tipo, reacciones que son reprimidas y que acumulan más resentimiento aun. Y lo interesante --lo interesante y lo tremendo- es que necesitamos de la mirada del otro para ser realmente nosotros. La mirada en el espejo, sólo revela un rostro en el que, si aflorara a nuestra conciencia lo que revuelve esa visión en el alma, sería un rostro en el que cada día nos reconoceríamos menos. El espejo es una ventana a la que el tipo se asoma para verse como querría ser, que es como nunca les parece a los demás.
La mirada del otro domina nuestra libertad, nos quita algo, nos desvaloriza. Cuando el otro lo mira, el tipo se compone, camina de otra manera, hace otros gestos.
Y aquellos que se precian de cumplir con el viejo refrán de que hay que ser caballeros cuando nos miran y cuando no nos miran, es porque imaginan, estando solos, que podrían ser mirados. El poder de la mirada sobre el otro, para ir terminando, surge de lo que decía, en cierta ocasión, un hombre muy propenso a apocarse y avergonzarse ante los demás: Decía, "cuando una persona me inspira demasiado respeto, me la imagino sin ropa ninguna, con sombrero Panamá y buscando dos reales debajo del ropero. Le perdía el respeto en seguida".
Hasta aquí cuanto ha podido decir uno, más o menos prudentemente, sobre las causas del resentimiento. En el próximo capítulo, que es el último, aclararemos, en una síntesis general de los temas que se han desarrollado, el supuesto de que el resentimiento es una fuente de juicios de valor moral. Sólo cuando los hombres no necesitaran reír, como vinieron necesitándolo imperiosamente hasta ahora sobre la tierra, podríamos decir, con razones de peso, que los hombres viven contentos en el mundo.



EL TERMÓMETRO Y EL TRANSPORTE



Las cosas dispares suelen tener a veces una estrecha, una íntima relación. Por ejemplo, ¿a quién se le habría ocurrido pensar que el termómetro tuviera algo que ver con el transporte? ¿Qué fuera a darle una mano, a sacarlo del pantano?
Uno no es nadie, pero, claro, tiene que viajar. Y mira, observa, y sin quererlo, se da cuenta. Se da cuenta de que el frío -que se mide con el termómetro- saca del pantano a la gente que tiene que andar de un lado a otro en la ciudad en busca del peso.
Porque estas mañanas de baja temperatura de tornillo, como se dice académicamente, han servido para demostrar que el problema del transporte debería ser, en realidad, menos grave de lo que es por obra de ciertos hábitos que la gente no se resigna a abandonar.
Porque cuando el tipo tiene que salir a la calle impulsado por la necesidad, para volver al cabo de algunas horas con los pesos que han de parar la olla, no le hace asco al frío, ni a la lluvia, ni al calor ni a lo que venga. Porque la obligación de llenar las bocas de los suyos y la propia está por arriba de cualquier fenómeno meteorológico. Y el tipo deja entonces el dulce -y cálido lecho con menos de un grado de temperatura- se viste como puede -las manos se le agarrotan- se lava a regañadientes -porque el agua quema de helada- y se lanza a la conquista suprema del mango.
Y entonces, ya en la rúa, advierte que los tranvías van semivacíos, que los colectivos caminan despacio a la pesca de pasajeros, y los ómnibus clarean en el interior, porque la masa es la mitad de otras mañanas. Y advierte, también que las esquinas están desiertas, que ya no hay pequeñas manifestaciones a la espera de vehículos.
Pero ¡Santo Dios! ¿Y todos esos que los demás días trepan hasta el techo? Y esos que atropellan a las mujeres, con tal de subir primero que nadie? Y esos que se atrancan en el pasillo y no dejan pasar a los que descienden?
¡Ah!
Esos se quedaron en la cama. Hace mucho frío ... ¿Para qué levantarse? ¿Qué apuro hay? Ahora que, claro, cuando el solcito calienta, es lindo madrugar, andar por la ciudad, verlo todo y, si es posible, sentarse junto a la ventanilla para balconear con los otros, los que aguardan, luchan como en el catch para trepar al tranvía, al ómnibus, al colectivo, para poder llegar a hora al trabajo. Y eso divierte...
Pero llegó el frío felizmente. El santo frío. Cómo, otras mañanas, llega la lluvia. Y aunque la Corporación se muera de rabia, se puede viajar. Se puede llegar temprano a la oficina y al taller. No hay que dar explicaciones, entonces. Que llegué tarde porque no se puede tomar nada, señor...
Y el tipo goza, entonces. Cuando le dicen por radio o lee el diario de que la temperatura anduvo cuerpeándole a la rayita del bajo cero, ensaya una sonrisa, saca un cigarrillo, lo paladea, estira las piernas y, por primera vez en mucho tiempo, siente el placer. Porque evoca esa mañana, ese asiento que eligió a gusto, que bajó sin pedir permiso a nadie, sin perder un sólo botón, los zapatos bien lustrados y el sombrero indemne.
Entonces se le ocurre pensar en la revolución del tiempo. Para qué existirá la primavera, el otoño, el verano? O, mejor, por qué no será posible vivir en la Antártida?
Y es cuando, desesperadamente, envidia a los esquimales.


EL HOMBRE CIUDADANO DE DOS MUNDOS

Lo que se trata de demostrar en estos capítulos es que en la esencia de lo cómico figura como elemento determinante —y precipitante— la degradación de valores. Resulta cómico decir que eran un novio y una novia tan gordos que debieron casarlos entre dos curas. Resulta cómico decir, al contrario, que el tipo era tan flaco que cuando subía a la balanza, la balanza marcaba para atrás. El tipo pesaba dieciocho kilos bajo cero. La gente ha reído oyendo mencionar el caso de aquél que tenía la voz tan gruesa que si no hablaba con la boca abierta la voz no le salía. O de aquel tan alto que tenía una nube en un ojo; hermano de otro, también tan alto, qué lo llamaban "chupatecho". En todo esto se advierte la desvalorización estética del sujeto. En el próximo capítulo, donde se habla de la diferencia que hay entre la risa y el juego, hemos de ver cómo en el juego, como medio de competición, el tipo tiene el orgullo de sentirse superior al otro cuando gana, en cambio el desahogo que produce lo cómico está determinado por el sentir inferior al otro. Hemos de ver, asimismo, cómo en el juego el tipo demuestra cierta predisposición a lo heroico (el juego es un sucedáneo de la aventura, el tipo que juega se compensa, jugando, de su incapacidad para descubrir otros continentes—que a lo mejor hay sin que se sepa- o de ir a cazar leones a África —que ya no hay porque todos los leones están presupuestados).
En cambio la risa es una especie de venganza. El tipo ríe cuando siente, con respecto a si mismo, la inferioridad de aquello que, por inferior, le produce una sensación placentera. Cuando hablamos de la risa como gesto, como expresión simbólica hemos de ver también, por qué el reír consiste en mostrar los dientes. La malignidad que hay en el fondo de toda risa, ya fue aludida por Platón en el "Philebo", uno de los últimos diálogos escritos por el filósofo de la Academia y en el que, como lo hace notar Víctor Brachard, en su exhaustivo estudio sobre Sócrates y Platón el sabio de "La República" consiguió superarse a si mismo. ¿Por qué hay malignidad en lo que podríamos llamar la entraña de la risa? Porque justamente el tipo ríe, como quedó dicho antes, de aquello que considera inferior. De aquello cuyo valor ve degradado. Los filósofos alemanes del siglo XVIII en vez de referir las causas de la risa —o mejor dicho la estructura de lo cómico— a una degradación de valores, hablaron del "contraste lógico". Pero hablaron del contraste lógico en sí, sin advertir que hay en él, lo mismo que en la desvalorización estética o moral, una caricatura de la mentalidad de quien incurre, por vía de un razonamiento defectuoso, en ese contraste.
Si en vez de hablar de gordos o de flacos, de pelados o de porrudos, decimos, por ejemplo, que había una vez un ómnibus tan pesado que pisó un caballo y dejó una sota, se obtiene el efecto cómico por una alteración de la lógica tradicional. De la misma manera que si se dice que el troley es el único echado para atrás que lleva la corriente o que era un barco tan viejo que los ojos de buey usaban lentes, o que era una señora tan distraída que batió la mayonesa con un tenedor de libros, o que el lagarto es un animal que tiene que hacer cola para llegar a sí mismo.
Mediante el efecto cómico de lo expuesto, se advierte que la teoría de que lo cómico proviene de una degradación de valores, ya apuntada por Aristóteles en su "Poética", no queda anulada, sino confirmada por las teorías de Schopenhauer en el sentido de que lo cómico resulta de la incongruencia,—expuesta en su obra "El Mundo como voluntad y representación", de Lilly que dice que lo cómico es una negación irracional que despierta en la mente una afirmación racional, expuesta en su obra "Teoría del ludibrio", de Melinaud que considera cómicas a ciertas formas de lo insólito, de Penjon que dice que es cómico lo que escapa a toda ley, de Bergson que sostiene que lo cómico surge de la presencia parasitaria de lo mecánico en lo viviente, o sea del automatismo instalado en la vida. Sería tremendo citar uno por uno a quienes ensayaron la definición de lo cómico.
Ruega uno que se tenga confianza en la declaración de que todos los tratadistas de lo cómico, digan como digan sus cosas, conviene, en el fondo, en que lo cómico surge de una degradación de valores. Y esto es fundamental para ensayar la explicación, como primera etapa hacia su comprensión, del fenómeno de la risa.
Apelando, de nuevo, a las observaciones personales, puede asegurar uno, que ha visto reír a la gente de referencias como éstas: las chicas llenitas rompen los ojos, porque las miradas patinan en sus curvas y caen a la cuneta; tenía unos ojos tan dulces que las niñas eran diabéticas; el andamio es un piso que sirve para caminar por la pared; la nata es el pellejo de la leche; una vez había un señor al que le gustaba el salchichón tan fresco que se lo hacía cortar con el ventilador; los trajes colgados en el ropero parecen personas huecas que estuvieran haciendo cola; cuando la vaca se enoja con el toro le da un bife; la banana no tiene carozo, porque todos los que le probaron le quedaban cortos; cuando los tacos están gastados, las carambolas salen chuecas; la torre de Pisa está inclinada porque abajo se le zafó una porción; y después estaba el caso de aquel muchacho tan mamón que al final tomaba el pecho con croisanes y mermelada; y el de aquel señor, que sufría de reumatismo y tenía una señora tan celosa que una vez en que él, estando en un picnic se le ocurrió ir a nadar un rato, ella le hizo una escena espantosa cuando lo vio salir con Dolores del Río. Y hubo otro al que lo llamaban El Tero porque la mujer era latera y otro al que le llamaban "El pucho", porque la mujer lo había fumado.
Hay una degradación de valores mentales en los razonamientos de los primeros ejemplos y una degradación de lo moral conyugal en el último de ellos. Sólo después de aceptar que lo que suscita la risa es la desvalorización del prójimo, puede estarse en condiciones de pretender una comprensión más o menos completa de la risa. Y es a esta altura que el tema empieza a responder a su título: el hombre, ciudadano de dos mundos. El de dentro y el de fuera. El mundo de dentro donde alienta el ideal de un yo que nunca se alcanza; el mundo de fuera hacia el que el tipo tiende sus manos anhelantes y casi siempre las recoge vacías... El tipo, a veces sin confesárselo, se afana en buscar su verdad. Pero causa la misma impresión que si buscara un gato negro en un cuarto oscuro donde el gato no estuviera.
No tiene uno el propósito, por consideración personal para con los lectores, de buscar hasta lo más hondo del espíritu del tipo a fin de desentrañar las razones de su comportamiento. De manera que para que el asunto resulte menos tupido, dirá, uno así, en vez de abocarse a la observación del tipo desde el punto de vista de la psicología abismal—psicoanálisis de Freud, psicología del individuo de Adler, tipos psicológicos de Jung— lo hará desde el punto de vista del llamado "behaviorims" de Westson. Objetivismo. Psicología de la conducta exterior.
El tipo, desde las épocas más primitivas, fue un reprimido. Siempre se impuso un límite a sí mismo. Antes de que existiera la policía y el matrimonio, el tipo tuvo un freno, por ejemplo, en el tabú. Parecería que le temiera el tipo a la libertad, parecería que en mismo se trazara ese límite en torno para no desparramarse; muchas veces uno ha pensado que ese límite es el resultado de cierta actividad del instinto de conservación. Las tres teorías más importantes sobre el impulso vital son por lo que no se ha informado, la de Freud que dice que el elan vital es la libido, o sea el instinto de reproducción, la de Adel, que dice que la protoenergía es el afán de prestigio y de poder y la del profesor Austregesillo que dice que aquel clan vital, el estímulo supremo en el hombre, es la fames o el instinto de nutrición. Según Austregesillo si al tipo le dan a elegir entre un Ministerio del Interior, Silvana Pampanini y una milanesa con papas, el tipo elige, primero, la milanesa con papas. Es triste pero es científico. Sin embargo, habrá podido entenderse que tanto el instinto sexual, que tiende a la reproducción, como el afán de prestigio, que tiende al poder sobre los demás, como el instinto de nutrición, son formas del instinto de conservación. Y ese instinto de conservación es lo que ha mantenido frenado al hombre desde las primeras épocas. La recia naturaleza de aquel mundo flamante despertó una serie de temores en el hombre feral, en el auténtico tarzán. Y ese hombre se protegió (de fuerzas que creía desatadas para dañarle), con el miedo. No hay cosa más segura que el miedo. Y es el miedo, justamente, lo que aveza a los mecanismos inhibitorios para que el tipo quede quieto, para que no haga lo que le gustaría hacer si no considera que, el hacerlo, resultaría peligroso. Maximiliano Beck, en su Psicología —la psicología fenomenológica de Beck es una de las obras más importantes e inquietantes que se han publicado sobre el tema en estos últimos tiempos— distingue dos formas de apetencia en el tipo.
Más bien dicho, dos actitudes frente al mundo que le rodea: el aspirar y el querer. El aspirar es la tendencia del tipo hacia las cosas. Podríamos decir que el tipo aspira a las cosas que se hacen querer.
Los alemanes, en su intensa terminología, tienen una palabra sin traducción exacta al castellano, y que se emplea mucho en la teoría de la necesidad incorporada a la Psicología de la Forma. Esa palabra es aufforderungscharakter. Aufforderungscharakter es el llamado, la atracción, la exigencia, la solicitación de las cosas. El tipo las desea y ellas se hacen desear; pero la mayoría de las veces —ya se trate de la mujer del vecino, ya se trate de darle con un fierro al que se le subió al tipo sobre el pie en la plataforma— se renuncia a la satisfacción del deseo. Vale decir, el tipo se reprime. La represión es la seguridad. El tipo se reprime obligado por su instinto de conservación. Resulta mucho más seguro resignarse a no tirarse el lance con la señora X y decir "no es nada" cuando el pisador pide disculpas, que exponerse a la reacción del esposo de la señora o al contragolpe del mal pasajero. Pero esas inhibiciones van acumulando agresividad en el interior del tipo. Y esa agresividad busca cada tanto una válvula de escape. Y la válvula de escape menos comprometedora es la risa. El inglés Herbert Spencer ya había sostenido que la risa era una descarga de energía psíquica contenida; es extraño, sin embargo, que de él hasta Freud -que en su obra "El chiste y su relación con lo inconsciente" dice "no sabemos, realmente, por qué reímos"—, es extraño que nadie, en lo que va de uno a otro de los sabios citados ninguno haya ahondado en la índole de esa energía sobrante que se descarga mediante la risa. Para la no autorizada, pero de todos modos optimista, opinión de uno, la de tal energía proviene de la agresividad que el tipo contiene. El tipo es un frenado: primero soporta la autoridad de los padres, luego la de los maestros, y, sucesivamente la del gerente, la del policía, la de la mujer, de la enfermera. De ahí que Platón, en su citado diálogo "Philebo" –y, aun, en el Cratilo (tan pocos conocidos ambos incluso por quienes se ufanan de haber leído a Platón)— hubiera intuido que hay malignidad en la entraña de la risa. Malignidad porque la risa es en cierto modo, una venganza del hombre contra el mundo al que no puede colonizar en sus deseos por los obstáculos que a eso se oponen.
La risa, desde el punto de vista axiólogo, —desde el punto de vista de la teoría de los valores— es un juicio de valor negativo.
La capacidad de enojarse en el animal es la más vieja. En un libro muy completo de Paul Thomas Young titulado "La emoción en el hombre y en el animal" cita el caso de animales—perros y monos— que, desprovistos de su corteza cerebral, o sea de la parte del cerebro de más reciente adquisición en el ciclo evolutivo, lo mismo tenían reacciones iracundas. Si tuviera uno, tiempo de hablar sobre la psicología de la ira veríamos que es más interesante aún que la de la alegría.
El ya aludido tratadista —Young— cita, por ejemplo, el caso de una tortuga que nació con dos cabezas. Dos cabezas y un solo cuerpo. Y se obtuvo de ella una fotografía en el momento en que las dos cabezas peleaban a mordiscones por un trozo de alimento que, al fin y al cabo, lo comiera la cabeza que lo comiera, iba a ir a dar al mismo estómago.
La ira —el gigante rojo, llamado así por Emilio Mira y López en su libro "Cuatro gigantes del alma"— es un impulso tremendo que pocas veces llega a formalizar el tipo en la actitud que lo descargue. Por seguridad —a veces por pereza, otras por comodidad—, pero por seguridad casi siempre, el tipo se contiene. Se reprime. Se frena.
Si—como lo reconoce Max Scheler en una obra magistral que se titula "El resentimiento en la moral"— es así que hay en el fondo de todo ser humano un inconfesado, pero activo, resentimiento contra el mundo. Una agresividad sujeta por fuerzas inhibitorias que el tipo utiliza interiormente para no arrostrar los peligros que supone que le acarrearía su desborde. De manera que cuando otro patina en la cáscara de banana o, por ser extranjero, habla mal el idioma o, por casado, la mujer lo engaña o, siendo soltero, está por casarse, el tipo, al ver degradado un valor —el valor estético del que tropieza y cae, el valor estético del idioma, el valor moral del matrimonio, el valor de la libertad que el soltero está a punto de perder—el tipo ríe porque su impulso agresivo se ve satisfecho simbólicamente con el daño del prójimo. Ya hemos de ver en uno de los próximos capítulos, cuando hablemos de la risa y el llanto o de la diferencia que hay entre lo cómico y lo trágico por qué, pese a ser una desvalorización de la salud, no hace reír un enfermo; y por qué hace reír la degradación de un valor, pero no la pérdida de un valor. Por ejemplo, si el que patina en la cáscara, Dios libre y guarde, en vez de caer sentado, se desnuca y muere, quien lo ve no ríe, porque ahí no se ha degradado sino que se ha perdido un valor. Y el tipo siente la posibilidad de eso para él, se proyecta en el otro. Lo compadece. Compadecer, es padecer con el otro...
Es una verdadera pena que el tipo ocupado en sacar cuentas, en contar los vueltos y en discutir el fútbol, viva dándose la espalda a sí mismo, y ande siempre para adelante —que es como andan, también, los caballos— en vez de ahondar un poco en su tremenda y maravillosa realidad. Diríase que apenas le ha llegado un puñadito de la luz que salió de Dios hace un millón de años para que le encendiera de estrellas la tiniebla de sus cielos.

4 comentarios:

  1. Excelente Wimpi! Lo recuerdo en sus audiciones radiales diarias que escuchaba mi padre.

    ResponderEliminar
  2. Wimpi no nació en Montevideo como lo indica el blog sino en Salto Uruguay, la misma ciudad natal de Horacio Quiroga.

    ResponderEliminar
  3. Gracias. Hacía mucho que buscaba este libro.

    ResponderEliminar
  4. Gracias. Hacía mucho que buscaba este libro.

    ResponderEliminar